Grandes directores como Nicholas Ray o Anthony Mannacudieron a Europa para continuar sus carreras cinematográficas cuando los aires de Hollywood poco a poco empezaron a huir de sus estéticas y temáticas habituales hasta la fecha, obligando a muchos cineastas a adaptarse o a permanecer en los márgenes de los circuitos comerciales más exitosos. Mann rodó en 1965 un clásico bélico que, lejos de estar entre lo mejor de su producción, resulta innovador y muy interesante.
Ese interés radica en dos aspectos que en la extraordinaria filmografía sobre la Segunda Guerra Mundial todavía habían sido poco explorados: el frente escandinavo, por un lado, y el fenómeno de la carrera por la bomba atómica desde el lado alemán. La película cuenta la operación de sabotaje que los aliados lanzan en Noruega contra una fábrica alemana en la que se están realizando experimentos con agua pesada indispensables para la investigación sobre la fisión nuclear que permita a Hitler recuperar la iniciativa de la guerra, o incluso ganarla. El mayor noruego Knud (Richard Harris) y el profesor Pedersen (Kirk Douglas) dirigen un comando compuesto por soldados británicos y miembros de la resistencia noruega que intentarán volar por los aires las instalaciones protegidas cuidadosamente por los nazis.
Este Mann “menor”, aunque patina en lo tópico en cuanto al planteamiento del triángulo amoroso, contiene imágenes bellísimas, hermosos paisajes de los fiordos y de explanadas nevadas, y además de buenas escenas de acción con tensión muy conseguida, mantiene durante muchos minutos una intriga espléndidamente narrada.
Un clásico de la Guerra Fría con el que el cine se sumaba a la lucha ideológica frente a los enemigos del presente retratando hazañas contra los enemigos del pasado.
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