Ni el que llegó más rápido ni el que saltó más alto ni el que tuvo más fuerza. Nadie de carne y hueso, auhttp://edant.clarin.com/diario/2000/09/04/d-01801.htmnque brillara más que el sol. No y no. El protagonista central del deporte olímpico en la década del ochenta fue incorpóreo e insensible. La figura fue el boicot.
Dos fechas: 1980 y 1984. Dos ciudades: Moscú y Los Angeles. Dos Juegos de ausencias. El olimpismo convertido en lo que definitivamente es: un espacio de disputa política, un escenario que retrata confrontaciones más amplias, un lugar donde la competición no es sólo deportiva.
En 1980, la sede olímpica era Moscú, pero 37 países, alineados detrás de los Estados Unidos, decidieron no participar. Cuatro años más tarde, la cita era en Los Angeles y se produjo la deserción inversa, por la que 16 naciones, encolumnadas detrás de la Unión Soviética, resolvieron no intervenir. Es cierto que el ideal olímpico de la comunión internacional a través del deporte nunca funcionó en la práctica. Pero pocas veces esa pretensión de suspender las diferencias quedó tan castigada como en la era de los boicots.

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